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sábado, 1 de mayo de 2010

1808 visto por Galdós (II)




Estas fotografías pertenecen a la Exposición que realicé en 2008 con motivo de la celebración del Bicentenario de la Guerra de la Independencia, patrocinada por la Comunidad de Madrid. Como ya dije en 1808 visto por Galdós (I), en este mismo blog, el diseño gráfico es de Jesús Moreno & Asociados y las ilustraciones en color de Pablo Velarde, las que están en una sola tinta son de Castejón, cedidas por la Casa-Museo Pérez Galdós.





En la mesa de la recreción imaginaria del despacho de Galdós estaba colocado el interactivo que completaba la información de los paneles y que se regalaba a los profesores que acompañaban a los grupos visitantes, para que pudieran seguir y completar el trabajo en el aula.



En este plano de Madrid se sitúan los lugares más importantes del 2 de Mayo y los que corresponden a la vida de Galdós en Madrid.





Durante nuestra conversación advertí que la multitud aumentaba, apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos de un pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración. /…/ raras veces presenta la historia ejemplos como aquél, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y por lo tanto una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos.El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional, y la disciplina que da más cohesión, el patriotismo.
(Galdós, Episodio 3, El l9 de Marzo y el 2 de Mayo, cap. XXVI)


Pero lejos de determinar la presencia de los artilleros una dispersión general casi toda la multitud corría hacia la calle Nueva …. Una detonación espantosa heló la sangre en mis venas, y vi caer no lejos de mí algunas personas heridas por la metralla. Aquel fue uno de los cuadros más terribles que he presenciado en mi vida. La ira estalló en la boca del pueblo de un modo tan formidable, que causaba tanto espanto como la artillería enemiga. /…/ …corrieron todos hacia la calle Mayor. No se oían más voces que “armas, armas, armas”. Los que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones, y si un momento antes la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería todos fueron actores. Cada cual corría a su casa, a la ajena o a la más cercana en busca de un arma, y no encontrándola, echaba mano de cualquier herramienta. Todo servía, con tal que sirviera para matar.
El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración silenciosamente preparada; /…/ La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de rabia, imposible de describir por medio del lenguaje. El que no lo vio, renuncie a tener idea de semejante levantamiento.
(Galdós: Episodio 3, El 19 de Marzo y el 2 de Mayo, cap. XXVI)




La carga de los mamelucosLlegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar el ataque, fueron sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo que los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material, estaban más aturdidos que los españoles; así es que en vez de comenzar poniendo en juego la caballería, hicieron uso de la metralla desde los primeros momentos.
La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del Sol. Cuando cesó el fuego comenzaron a funcionar los caballos, la guardia polaca, llamada noble, y los famosos mamelucos cayeron a sablazos sobre el pueblo, siendo los ocupadores de la calle Mayor los que alcanzamos la peor parte, porque uno por uno y otro flanco nos atacaban los feroces jinetes. El peligro no me impedía observar quién estaba en torno mío, y así puedo decir que sostenían mi valor vacilante, además de la Primorosa, un señor grave y bien vestido que parecía aristócrata, y dos honradísimos tenderos de la misma calle, a quienes yo de antiguo conocía.
(Galdós, Episodio 3, cap. XXVII)

Daoíz y Velarde
Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los cadáveres obstruían el suelo. La colocada hacia poniente había de resistir el fuego de la de los franceses, sin más garantía de superioridad que el heroísmo de don Pedro Velarde y el auxilio de los tiros de fusil. /…/
Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos vi un brazo azul con charreteras de capitán. Pertenecía a don Luis Daoíz, que herido en la pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo, y se apoyaba en lo que encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él, cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento, si lo de arriba obedeciera a las voces de abajo. /…/
Los franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. El primero que cayó fue Daoíz, traspasado el pecho a bayonetazos. Retrocedimos precipitadamente hacia el interior del Parque todos los que pudimos, y como aún en aquel trance espantoso quisiera contenernos don Pedro Velarde, lo mató de un pistoletazo por la espalda un oficial enemigo. Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; /…/ Por fortuna, yo no estaba herido sino muy levemente en la cabeza, y pude ponerme a cubierto en breve tiempo; al poco rato ya no pensaba más que en volver a mi casa, /…/…al llegar a la calle de San José, encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo, especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. /…/ Yo vi llevar el cuerpo, vivo aún, de Daoíz en hombros de cuatro paisanos, y seguido de apiñado gentío. Don Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban amortajándole para darle sepultura en San Marcos.
(Galdós, Episodio 3, cap. XXX)


/…/yacían por el suelo las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas, las que esperaban la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándoles a ponerse de rodillas, unos de espaldas, otros de frente. Los más extendían los brazos, agitándolos al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos; algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que rompiendo con fuertes sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. Ninguna fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a esta abominación: los granaderos hacían fuego una o dos veces, y los sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía.
Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio antes de expirar, y hubo muchos que, heridos por las balas en las extremidades y desangrados. Sobrevivieron después de pasar por muertos, hasta la mañana del día siguiente, en que los mismos franceses, reconociendo su mala puntería, los mandaron al hospital. /…/
Los franceses, aunque a quemarropa, disparaban mal, y algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia, pues sin duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído las águilas imperiales.
(Galdós, Episodio 3, Cap. XXXII)
Los fusilamientos del 3 de Mayo en la montaña de Príncipe Pío

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