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Hoy que en España se celebra el Día del Padre, casualmente he visto una película en la que la relación de un hijo con su padre, es el eje del movimiento y crecimiento del niño.Es la película
Extremely loud & incredibly close, en español,
Tan fuerte, tan cerca.Dirigida por
Stephen Daldry, el mismo director de
Billy Elliot, Las horas y
El lector.
El espectador comprueba una vez más en su obra varias cosas: por un lado, su afición a llevar al cine novelas de éxito, por otro, su capacidad extraordinaria para dirigir a un niño y además su afición por la literatura en general y por el teatro en particular.
La película es muy literaria. Un niño con una inteligencia y forma de ser poco comunes, emprende un viaje que le llevará a conocerse más a sí mismo y también el mundo que le rodea. Ese viaje lo liberará de miedos y ansiedades y le explicará en su interior, lo inexplicable.
La historia parte de la tragedia del 11S, a partir de la cual, el escritor
Jonathan Safran Foer, describe en 2005 cómo un niño se enfrenta a tan inesperado y magno desastre. La novela fue un
best seller editado en español por
Lumen en 2005 y en 2012 en Ed.
Debolsillo.Como en otras ocasiones, traigo aquí una película que me ha llamado la atención y gustado muchísimo por varias razones, por las que he enumerado antes, porque es muy literaria y teatral y porque el protagonista es un niño, aunque no es una película infantil, pero sí puede ser para adolescentes, a partir de 12 años más o menos.
La interpretación del protagonista,
Oskar Schell, por el jovencísimo actor
Thomas Horn, es magistral. El niño no puede ser más expresivo ni interpretar mejor un papel tan dramático. Declama el texto, lo cual quiere decir que aconsejo verla en versión original.
La relación con el padre, con la abuela y la madre y con el abuelo, es realmente lo que configura su compleja personalidad. También aparece con claridad el valor de la curiosidad, necesaria para el aprendizaje, la solidaridad y el tejido afectivo y social que se forma cuando alguien aparece en nuestra vida, modificándola aunque sea mínimamente.
La forma de ver la vida del padre y de hacérsela entender a su único hijo, papel magníficamente interpretado por
Tom Hanks, es la poderosa herencia que le queda a Oskar, de tal manera que así, permanecerá con él para siempre. Sorpresa en el dramatismo natural y sin afectación, de la interpretación de
Sandra Bullock, la madre, a la que normalmente se la ve en papeles más frívolos y ninguna sorpresa en un actor cuya portentosa voz esta vez no se oye, la de
Max von Sydow, el abuelo, que con la mirada y el gesto, devora la pantalla.
Algo a destacar, típico de la sociedad y la mentalidad americana, es tratar al niño como adulto, dejarle capacidad de movimiento e independencia, aunque se sepa que es niño y que es dependiente. Llamar a las cosas por su nombre, sin ñoñerías, no ocultar la realidad por cruda que sea, en fin, darle los elementos necesarios para madurar y crecer.
Una vez más en una obra literaria y cinematográfica, un protagonista-niño, salvado del mayor de los desastres, por medio de
la imaginación.